lunes, 28 de julio de 2008

Hace tiempo leí a Pellegrini definir la poesía más o menos así: Es decir con palabras lo que las palabras mismas no pueden decir. Desde ese momento creí que dentro de esa contradicción reside la esencia del poema. Al mismo tiempo que muestra, que dice, también oculta –en términos de Heidegger-, mundo y tierra conforman un combate de desocultamiento y ocultamiento, pero que ambos permanecen juntos inexorablemente, y durante ese proceso es cuando la verdad acontece.
Ahora, la obra produce una invocación al espectador, al hacerlo partícipe -es cierto que la obra se termina de construir en la mirada de otro (Schussheim)- de un mundo nuevo, que se abre, y que representa un enigma que nunca podrá ser develado por completo. La obra nos hace sentir llamados especialmente, sin saber por qué ni cómo, y nos muestra una hondura que desconoce el tiempo, no hay presente ni pasado: el tiempo está superado (Gadamer).
Volviendo al grandioso Aldo, si las palabras mismas no pueden decir aquello que quisiera expresar el poeta, tiene que haber un lugar –y no el lenguaje- en donde sí exista. A propósito de esto, se me viene a la cabeza una poesía de Pizarnik:

Explicar, con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome.

Su obra está marcada por una imagen de permanente ausencia, el lugar donde van las cosas que no existen. Eso es mostrar que se oculta, un desocultamiento.

Quizás sea el silencio lo más verdadero, y su expresión en forma desesperada sea la ausencia, la soledad, el vacío.
Por eso me parece que lo más auténtico en estos tiempos, al final, es hablar callando. Tratar de encontrar un lugar no-lugar, en vez de esta heterotopía, que termina anulando -paradójicamente- a causa de la multiplicidad.
Estamos atravesados por la indiferencia, un sentimiento de fragmentación que impide la comunicación, y no hay nostalgias ni proyectos, hay vacío por todas partes.


*
Heidegger, “Caminos del bosque”
Oliveras, “Estética. La cuestión del arte”