“Es difícil saber si el mundo en que vivimos es un sueño o realidad”
“Esto es arte”, sentenció mi mamá apenas terminó la película. Y yo, que no sé nada de certezas, la miré con un gesto de asentimiento blando, una mirada de complicidad que sirviera para demostrar que no está sola en el mundo.
Quizás de eso se trate “Hierro 3”, una película intimista, de narración pausada pero fluida y acertadísima, donde el tiempo transcurre y no importa mucho más que eso.
En una sociedad signada por la violencia y la incomunicación, una persona decide autoexcluirse de esa realidad devoradora y opresiva, para vivir otro mundo. Pero ese otro mundo no es de fantasía y felicidad, sino que se trata de una vida ascética, cargándose el peso de la humanidad encima.
Es por eso que el estoicismo es la característica fundamental del protagonista. La idea de ocupar espacios deshabitados temporalmente, de no tener un sentido de pertenencia, de soportar la humillación y la crueldad con la misma convicción y fortaleza interior que lo llevan a no pronunciar una sola palabra en toda la película, solamente para demostrar la inutilidad del diálogo ante la necedad y el enceguecimiento de una sociedad enajenada, hacen de este joven un héroe del nuevo siglo.
Como en toda película oriental, se dejan ver algunas reminiscencias del zen en la cotidianeidad, y dada esta característica, es preciso que algunas escenas conmuevan por su sencillez, demostrando que lo esencial no se encuentra en lo material.
Podría escribir muchas cosas más sobre el relato: la historia de la heroína, la relación de amor que sostienen los protagonistas, el aprendizaje durante el encierro… pero no tengo muchas ganas.
Lo que sí voy a decir es que Kim Ki Duk nos hace un ofrecimiento difícil de rechazar: a partir de una idea genial, la película nos lleva a reflexionar sobre los aspectos, que preocuparon desde siempre, de la condición humana, y que en estos tiempos modernos se exacerban cada vez más hasta tornarse virulentos y asfixiantes.
Pero la vida no es tan áspera, y siempre se encuentran momentos de liviandad, y la película transmite un mensaje de ligera esperanza, de ingenuidad y candidez, que llevó a decir a mi mamá: “La pasa bien el pibe, eh”.