domingo, 30 de noviembre de 2008


Mi hermana (¡cuándo no!) me confesó, entre avergonzada y tímidamente, cuánto le divierte mentirle a los taxistas. Ella se inventa vidas, entonces durante un viaje puede ser cajera de supermercados, maestra rural, ajedrecista o mamá de mellizos, de acuerdo a las circunstancias y el ánimo que tenga antes de subirse al taxi.

Y los choferes, conmovidos por la historia, no pueden hacer más que abrir su corazoncito entumecido y gastado por larguísimas jornadas de trabajo agobiante y contarle a la gran fingidora sus penas de vida; y entonces ella, que además de todo es muy atenta, ofrece su oído y presta servicios de psicóloga también (¿y por qué no?).

Y me dice -como si necesitara alguna justificación-: total, viajo una vez, me bajo y cada cual sigue su vida y es improbable que volviera a cruzármelo, y aún así: ¿cómo podría acordarse de mí?

Es cierto que las probabilidades son remotas, y aunque el taxista conservara el recuerdo de su cara, ella tiene suficiente talento para la evasión, o también podría inventarse con bastante soltura alguna otra historia que la sacara de ese aprieto.

Me interesó mucho todo esto que me contó, porque detrás de esa travesura banal hay algo que hasta ella misma desconoce: Lo que esta actriz no sabe, y ni siquiera sospecha, es que la mentira que despliega organiza situaciones puramente literarias donde se envuelve y enreda -porque uno no escribe solamente con la palabra; se escribe con el pensamiento y hasta con los gestos-, y aunque su pudor cristiano castigue la mentira -quizás por eso le costó tanto la confesión- es necesario y merecido reivindicarla.

Ahí donde ficción y realidad se fusionan hasta volverse indistinguibles por separado, se produce el ámbito propio de la literatura, y no se puede exigir algo tan vago y ambiguo como una verdad.