viernes, 19 de diciembre de 2008

“No debés escribir una sola línea que no sea sobre la obsesión que te acosa”, escribió Sabato en Abaddón, y esa frase me quedó grabada en la memoria porque quizás, la escritura nos sirva solamente para exorcizar, expulsar de adentro nuestro algo como una inquietud que podría representar algo así como un tumor maligno.
Me parece que uno escribe para distraerse de vivir, lo que es decir, salir del infierno que es uno mismo; el infierno son los otros, aunque lo más sensato sea, si no podemos hacernos comprender por los demás, que al menos intentemos ser comprendidos por nosotros mismos*.
Y yo puedo pasar horas y días enteros sin escribir siquiera con el pensamiento, pero siempre, tarde o temprano, empiezo a sentir la tensión de los días que se aletargan y se desdibujan, hasta volverse dolorosamente insignificantes, y entonces me veo casi en la obligación, porque existe una necesidad que es más fuerte que yo, de sentarme y escribir algo que nunca sé cómo resolver pero siempre se resuelve. Y aunque existan momentos de pena, porque la escritura es una forma solipsista y por qué no subrepticia, y no podamos compartir con nadie la frustración de no poder escribir aquello que estaba en nuestra cabeza de otra forma, siempre existe esa necesidad -que lo toma a uno y lo convierte en un rehén- porque si no existiera, ¿para qué habría de hacerlo?


*Kerbrat-Orecchioni

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“Lo que sí puedo reconocer a través de los años es una serie de constantes de mi escritura. No tengo absolutamente nada que decir. Yo soy el primer testigo de esa escritura, pero no me siento nunca el dueño ni por encima de ella. No tengo ninguna gana de ser escritor. Y si sigo siendo escritor es porque escribo, pero no sé por qué escribo ni quiero saberlo tampoco. La única manera de lograr seguir escribiendo es escribir, que la escritura genere nueva escritura. Lo que me interesa es transitar por el lado paralelo de la realidad”

Fragmento de entrevista a Mario Bellatín, en Página / 12.