jueves, 25 de diciembre de 2008

“Tenés que quererte un poquito más a vos misma, ¿Por qué castigás a tu cuerpo con tanto alcohol?”
Si el alcohol constituye un rito dionisíaco de unidad y distanciamiento del yo, un proceso interno que consiste en olvidarse de uno mismo y vivir en un estado embriagador de éxtasis donde no podemos reconocernos individualmente y pasamos a formar parte de un grupo homogéneo y el tiempo que vivimos en ese momento es una hendidura en su linealidad, un lapso que queda suspendido y pareciera eterno; entonces el día después, el de la resaca, es el del descenso al infierno. Escribo esto y pienso en lo bien que me haría tomarme una gatorade, y dónde podría encontrar un kiosquito abierto, y cómo podría salir en este estado de miserable malestar. El infierno no puede ser habitado más que internamente, y las sensaciones que en ambos casos se sienten son de solitaria experiencia, porque no se puede compartir con nadie la exactitud de la impresión vivida. Y cómo pesa cada inhalación, respirar se convirtió en un ejercicio de resistencia. Entonces, quizás sea por la ley de causa y efecto, o el ying y el yang, dos polos opuestos que se complementan, pasamos de un estado de euforia a una situación de lamentable pesadumbre; y ahí estamos: transitamos el infierno solos y es también otra fractura en la linealidad del tiempo, que dura hasta que nos volvamos a levantar.