En los teóricos de arte medieval me quedo dormida irremediablemente. Se apagan las luces, cierro los ojos y en mi cabeza se proyectan las diapositivas que me hacen soñar. De fondo, las explicaciones de la profesora funcionan como el reflector de aquellas imágenes que se deslizan en la barrera entre el ensueño profundo y la resistencia de la vigilia.
Las clases son encantadoramente bellas para dormir: además de las declaraciones íntimas de la profesora, después de ver Troya uno se imagina a todos los griegos como brad pitt, sumergirse en el sueño del mundo antiguo, en las figuras de los paganos en contraposición de alegorías religiosas y divinidades mitológicas y la práctica de cultos siempre ligados a la promesa de la salvación; hacen un colchoncito mullido para que una persona como yo, excesivamente perturbada por naturaleza, pueda descansar en el refugio de un lugar en ruinas, que ya no existe más que en sueños.
Aunque la verdadera causa por la que me quedo dormida en cualquier lugar y en cualquier momento del día posiblemente sea mi afición a las siestitas simpáticas y absolutamente inoportunas a las diez de la noche -trato de erradicarlas pero no puedo-, que aseguran largas noches de insomnio, hecho que se complementa con el envejecimiento prematuro que no me deja dormir hasta pasado el mediodía como en otro tiempo; y que permite de alguna manera otro tipo de acercamiento a una realidad que, dadas las condiciones en que me levanto, probablemente se trate fragmentos de sueños también, y que a la tarde recuerdo con cierta nitidez aunque poca elaboración: las mañanas de otoño son tan desconocidas y extrañas para mí que no puedo hacer otra cosa que aprehenderlas como una ilusión.