Diario íntimo: me acuerdo que cuando era chica mi dulce abuela me regalaba siempre diarios íntimos, esos cuadernitos chiquitos con dibujos simpáticos que tenían un candado-juguete de dudosa calidad, que servía más bien para marcar que se trataba un objeto privado. Y yo escribía mucho y con la intensidad de sentimientos que niños de esa edad tienen. Los guardé celosamente durante años y después, entrada la adolescencia, entrado el período de la negación, decidí destruirlos por creerlos taradísimos. Ahora me arrepiento, me hubiera gustado leerlos.
Voy a empezar a escribir un diario íntimo, en crudo y sin filtros, sin ningún tipo de licencia estética. Anotar lo que pienso/hago/siento todos los días y dejarlo decantar. Después de un tiempo leerlo y sacar conclusiones; tarea siempre detestable, aunque siempre necesaria.
He vivido equivocada: Cuando era chica, anhelaba crecer y ser grande para tomar whisky y gritarle a mi mamá, dos cosas que ahora hago con inusitada frecuencia. Y, contrariamente a lo que pensaba, ninguna de esas dos cosas me hace feliz.
Inadecuación. Cada vez que digo algo que no es comprensivamente correspondido, o a la inversa, cuando siento que nada de lo que pasa alrededor mío puede ser aprehendido por mí, cada vez que experimento un sentimiento de extrañeza, no puedo dejar de creerme una outsider, como espiando la vida a través de una ventana indiscreta, y la distancia entre lo espiado y la ventana se alarga cada vez más, a medida que me aísla esa impresión de no pertenecer, hasta que lo observado se reduce a un puntito negro e ínfimo, que ya no se distingue del cuadro.
Mentira: Hace poco leí una entrevista a un escritor, y éste, criticando a otro, dijo: no me gusta, es un mentiroso. La mentira de un escritor consiste en la falta de autenticidad, y debe ser el peor de los insultos.
Sudoku: Como si no tuviera un carajo para hacer, y alimentando mi aislamiento, me volví adicta a los sudokus. Nunca le había prestado atención hasta que un día volví a casa vaya uno a saber a qué hora y, aunque es sabido que lo último que debiera hacer una persona borracha es sentarse a resolver un sudoku, vi sobre la mesa un librito con una goma y un lápiz acomodado encima, como invitándome a resolverlo y no resistí. Obvio que tardé como 50 minutos y encima lo hice todo mal, con números repetidos en todas las columnas y filas; pero al día siguiente cuando por fin me levanté, lo resolví con una determinación admirable.