Estoy un poco cansada del chismorroteo que las personas necesitan para revalidarse y aumentarse a sí mismas. Enaltecerse a costa de los otros es más fácil que escribir esta carta-protesta. Pero no es eso lo que más me importa; que digan y opinen y hablen y sancionen y aconsejen y dicten y desaprueben cuantas veces quieran. Lo realmente importante para mí es llegar a un auto-conocimiento pero sintiendo una profunda necesidad de hacerlo, luego de haberse visto –y obligado- a una interrogación íntima, que puede nacer después de una crisis, o después de un gran descubrimiento: el conocimiento de otras culturas, una novela, una obra de arte, esos asuntos que entienden que el mundo no es eso que impone el capitalismo. Pero eso tampoco me parece importante; digo, el capitalismo va a caer como cayeron los anteriores sistemas, y que vivimos una transición no es novedad, sólo queda transcurrir. Y sí, esa es la palabra que buscaba: transcurrir. Las personas no somos un producto acabado, ni podemos medirnos por clases ni categorías. Todos esos inventos modernos son más baratos que los made in china. Volver a la naturaleza es una estupidez utópica. No hay vuelta atrás, porque el transcurrir lo impide. Negarse es estúpido; auto-confirmarse también. No hay algo que se pueda hacer, pero esto no es tampoco un nihilismo pasivo: Nietszche postuló la idea del super-hombre como ser libre que puede ejercer la voluntad de poder. Esto es: acabar con la ignorancia y la mezquindad. Ser y acontecer. Descubrirse y conocerse.
Quisiera poder transmitir un poco mi forma de pensar, a veces siento que quizás sea necesario para mí –para que me entiendan- e incluso útil para algunos. Por supuesto que no lo hago, y termino anulándome, lacónica: un poco por sentir la futilidad que proporciona el comprender (“Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar”. Pessoa), y también porque no creo que sea yo quien deba terminar con la felicidad –entiéndase sandez- de otros que pueden vivir con los ojos vendados; o porque estoy muy al margen de lo social, y lo padezco silenciosamente. Además tampoco soy Jesús, ¿quién soy yo para decir algo? La contradicción es una constante. Quiero contribuir con mi granito de arena, aunque sea esto el desierto del Sahara y termine perdiéndose en la inmensidad.
Estoy al borde del abismo. Apoyo con firmeza la idea de un mundo mejor: educación y conocimiento para que las personas puedan realizarse. Pero no puedo difundirlo porque ¡me marea!, me da náusea. Estoy sola como siempre estuve, como siempre quise. Es el fracaso de saberse lo que proporciona semejante despojo de humanidad. Ah! es por eso que no se lo recomendaría jamás a nadie. Y leyendo esto llegué a la conclusión de que no puedo ayudar porque es una experiencia solitaria. Quien se atreva a hacer viaje, le deseo buena suerte.