domingo, 3 de agosto de 2008

Hoy anduve de compras por el barrio chino. Más allá del fastidio que me generan los lugares repletos de gente y consecuentemente mi mala predisposición, estaba revisando distraídamente góndolas de un súper para así evitar la perturbación, hasta que me dieron ganas repentinas de largarme a llorar.
En ese momento, recorrí con la vista todo el mercado y, sintiéndome fuera de mí misma -entre la gente las góndolas los productos los olores-, pude ver que mi angustia nada tenía que ver con ese sentimiento de fascinación y hallazgo que puede llegar a sentir el turista-“descubridor”; sino más bien con una mezcla de extrañeza y desarraigo que experimenta únicamente un extranjero.
Otra vez, el vacío. Busqué a mi padre para ver dónde andaba y, como yo había pensado, estaba mirando los pescados. Le digo que no hace falta más, que nos podemos ir; en eso estamos cuando una señora me pregunta qué es determinado producto enlatado mixtura de ingredientes y líquidos que-uno-vaya-a-saber-qué; le digo que no sé, y pensé que me hubiera gustado ser china para poder contestarle y evitarle una decepción, pero tendría que nacer de nuevo, y que es tan feo sentirse decepcionado que si pudiera salvar a alguien de esa desilusión lo haría gustosa, pero que algunas decepciones ya no dependen de mí, y no puedo hacer nada, y que es tan triste sentirme decepcionada que por eso ya no pido nada a nadie.
Camino a casa, el desasosiego continuaba oprimiendo mi pecho, pero más débilmente: me tranquiliza saber que, sin importar a donde carajo vaya, siempre hay un lugar donde volver. Aunque sea la caja de objetos perdidos.