La pequeña, como reclamándome un esfuerzo, me exige:¡agachate!, acción que realizo –sin demasiadas expectativas- inmediatamente. Cuando estoy ya a su altura me pone un cuadernazo en la cabeza, y e
mpieza a reír -con una risa que brota en el centro de su cuerpito frágil y arroja como un escupitajo violentísimo- al conocer mi reacción de estupor. Después se va, con el alivio y la alegría de quien termina un deber que sentía debía haber cumplido desde hace mucho tiempo.
Quien diga que aprecia a los niños por su inocencia y ternura infinitas, no los conoce. Son como bolas amorfas de maldad concentrada. Si hay algo que respeto y admiro de ellos, no es precisamente su ingenuidad, sino su búsqueda de placer inmediato, que los impulsa a alcanzar el objeto de deseo sin ningún tipo de escrúpulos. Y si hay algo que me regocija y me consuela, es que ellos también van a crecer y dejar de ser, quizás tanto como yo.
Quien diga que aprecia a los niños por su inocencia y ternura infinitas, no los conoce. Son como bolas amorfas de maldad concentrada. Si hay algo que respeto y admiro de ellos, no es precisamente su ingenuidad, sino su búsqueda de placer inmediato, que los impulsa a alcanzar el objeto de deseo sin ningún tipo de escrúpulos. Y si hay algo que me regocija y me consuela, es que ellos también van a crecer y dejar de ser, quizás tanto como yo.