Con los ojos gastados de tanto leer. No sé cómo hay personas que pueden leer en la cama. Yo tengo que escoger la posición más incómoda que me sea posible, como con las piernas dobladas en sí mismas o entrecruzadas y el cuello torcido, mientras los brazos inamovibles y bien sujetos sostienen el libro, para evitar quedarme dormida. También elijo cuidadosamente el espacio, debiendo estar despojado de elementos que proporcionen distracción alguna y, para ese fin, cualquier objeto es de lamentable utilidad.
Planeo anticipadamente las excusas que me impedirían leer –las olimpíadas me regalaron 15 días de liviandad, conciencia tranquila y olímpica serenidad - para salvarme de posibles acusaciones futuras.
Además estudio minuciosamente la franja horaria, cuánta más gente haya en la casa y, naturalmente, sea mayor el movimiento, me aseguro una mejor lectura. Esto me resulta simpático porque quizás sea más difícil lograr una concentración en situaciones de grupo, pero a mí se me facilita bastante la tarea porque de agrado finjo que leo, y en ese acto de asimilación de ficción-realidad termino ejerciendo la verdaderísima lectura (Yo sé, Leili, a vos te pasa lo mismo).
Pero ahora sí estoy cansada, con los ojos gastadísimos de leer. Y me falta bastante, y quedan pocos días. No importa. No es imposibilidad. Total, a vos te leo con los ojos cerrados.