martes, 30 de septiembre de 2008

Siempre me gustó –desde muy pequeña- presenciar la lucha infatigable de una hormiga contra la materia: como si fueran uno y el universo. Me quedaba sentada en el patio mirando a las hormigas cargar hojitas sobre sus espaldas, y me fascinaba pensar que quizás ese esfuerzo era el máximo que podían hacer, y cómo se formaban y giraban alrededor mío tantos universos paralelos, donde podía participar sólo como espectadora, porque intentar ayudar a la hormiga en su noble tarea hubiera sido un acto de intromisión imperdonable.
Además, ver la laboriosidad y la vida cotidiana miniaturizadas me resultaba sencillamente divertidísimo: era como sentarse a ver una serie de dibujitos animados.
En general, la subsistencia de las pequeñeces siempre me llamó la atención; no sé muy bien porqué, quizás se deba al poder destructivo que, siendo niña, sólo podía probar ejercer sobre ellas, y muchas veces fueron víctimas de un destino fatídico hecho a su tamaño.
Pero lo que más me gustaba, y lo recuerdo muy nítidamente, era el recorrido que hacían desde una grieta que nacía en la perpendicular formada entre la fachada y el suelo de la casa de mi abuela, y se extendía verticalmente unos pocos centímetros, hasta el árbol de la vereda que desprendía unos frutos negros, unas bolitas chiquititas que no servían más que de municiones de batalla entre mis hermanos y yo; y que las hormigas transportaban una y otra vez de un lado a otro. Las juntaban los días que amenazaban mal tiempo. Son sus provisiones para el frío, me decía mi abuela. Como si se tratara de resguardarse del apocalipsis, quizás para las hormigas una tormenta sea eso.