Digamos que el pensamiento se estructura como un origami: cada pliegue significa un avance, y a medida que lo desarrollamos los dobleces van tornándose cada vez más intrincados, y mayor es nuestra meticulosidad al hacer el próximo paso, que requiere precisión y detalle.
Simultáneamente, dejamos espacios vacíos en el medio de cada pliegue, sin ésos no se formaría un objeto tridimensional, por lo tanto es de carácter vital para nuestro objeto, aunque no nos detengamos a pensar esa nimiedad, porque nos concentramos en la finalización de nuestro objetivo.
De la misma forma hay, en el acto del pensar mismo, un lugar formado en el medio de la palabra y el pensamiento, que queda adentro de un pliegue; y es indecible, representa un misterio sin resolución (quizás sea sólo silencio, pero no el silencio de las personas, sino el silencio de un objeto hermético y vacío por dentro), es un vacío que nos permite la ejecución del pensamiento, y si no existiera, no podríamos hacerlo.
A medida que avanzamos con el origami, existen dos caminos posibles: Puede suceder que nos exaspere tanta minuciosidad, y terminamos haciendo un bollito con el papelito para tirarlo a la mierda, como cuando intentamos articular las ideas de forma coherente y no logramos hacerlo. O a veces terminamos (ponele) el tsuru, y si quisiéramos desarmarlo, para dejar huellas y reconstruirlo alguna vez, probablemente nos olvidemos cómo hacerlo, así como nos olvidaríamos lo que pensábamos un día, porque es difícil pensar dos veces exactamente igual, a no ser que estemos acostumbrados y repitamos de memoria, y entonces sí podríamos rearmarlo.