¿Te acordás el día que nos fumamos uno en la casa de abue? era verano y estábamos las dos encerradas en una habitación y las ventanas estaban cerradas, y yo te había preguntado si me comía un palito de la selva se iba a ir esa locura y vos me dijiste algo así como que el azúcar actuaba de forma conjunta y corría por la sangre hasta el cerebro y lo que me iba a pasar es que se iba a potenciar ese estado, que mejor era clavarse un pebete. Y nos reíamos pero queríamos ser silenciosas, y eso nos tentaba aún más y esas risas estruendosas habrán alcanzado todas las casas de toda esa manzana, porque era de noche y estaba silencioso y el barrio era tranquilo, y ahí afuera estaba el perro que ladraba, intuía que había algo extraño; y de repente nos agarró sed y hacía mucho calor, la atmósfera del cuartito era densa y pesada y el humo formaba una nube de ésas que presagian tormenta, y teníamos que cruzar toda la casa hasta llegar a la heladera, y en el estado en el que estábamos nos había parecido una aventura extravagante, y fuimos las dos juntas, y estaba todo oscuro y el perro nos seguía y ladraba, y no me acuerdo que habíamos agarrado para comer, pero volvimos de nuevo al cuarto, y seguimos riéndonos y diciendo las estupideces más grandes que se nos ocurrían creyéndolas genialidades, y nos reíamos de todo, aun cuando nuestra tristeza era ya inocultable.