martes, 4 de noviembre de 2008


“…Pero la paz, en mí nunca la encontrarás.
Si no es en vos, en mí nunca la encontrarás.”

(l.a.s)

Detrás del enrejado, me quedé mirando el cielo pálido y rosado al final; no sé bien qué es lo que me separó del mundo durante este último tiempo. A veces siento que me acosa todo lo inasible del lenguaje. Y en esas situaciones de inexorable soledad, porque no logro alcanzar lo inalcanzable, se abre un precipicio invisible y termino aislada. Después de eso, después de todo, vuelvo con renovadas energías y expectativas al lugar que nunca abandoné, y veo cómo lentamente todo se va rearmando, de alguna manera mágica, sucesos inesperados aguardaban pacientemente para salir a la luz.
Solamente dijo “algún día”, y tan poco alcanzó para devolverme la esperanza.
Y si bien es cierto que la esperanza se origina en momentos penosos -y de ahí su carácter fermentado: nace de una descomposición de estado, y brota de esa putrefacción- es tan necesaria y tan aliviadora cuando llega y golpea así, tan abrupta y completamente, como un golpe, restituyendo de una sola vez y al instante aquello que estaba destruido.
Y que ese día nunca llegue es lo que menos me importa; lo que tranquiliza es aquello escondido detrás de esas palabras, la serenidad y la paz interior de quién se anima a pronunciarlas, ingenua y espontáneamente, con toda la frescura del desconocimiento.
Extraño y me esperanza eso, vivir sin temor a lo impalpable.