Me harté de esperar del cielo una apertura que se revelase como un acontecimiento luminoso y me envolviera de lucidez. La epifanía que espero desde septiembre del año pasado aún no se ha manifestado y no puedo seguir golpeándome la cabeza hasta que se me caiga una idea –hipótesis-, ni exigir esfuerzos a un cerebro que se resiste a abandonar las vacaciones, mientras los días corren como liebres salvajes sin dejar siquiera huellas yo tengo que tomar una decisión extrema: escribir una monografía algo menos que mediocre pero correcta. Hacer copy-paste y dejar que esa bendita herramienta termine solita el trabajo. Rellenar algo más de 12 páginas con citas textuales es, francamente, humillante como un ladrón visto al descubierto a plena luz del día.
Después, exponer un coloquio sobre aquella vergüenza que nunca hubiera deseado entregar. El trabajo sería tan malo que dudarían de mi esfuerzo y dedicación, sin importar cuántos padecimientos y cavilaciones he tenido que sufrir desde aquel día de septiembre en que decidí empezar con la monografía, por lo que me someterán a un interrogatorio desagradable que recorrería toda la bibliografía de la materia; en ese caso, debería estar preparada y estudiar como nunca antes, después de haber terminado el escrito que me depositara en esta supuesta nueva situación.
Es decir que, anticipando el proceso que deberé atravesar para rendir un final sin importar el resultado, sabiendo concienzudamente qué es lo que me espera, conociendo el modo de evitarlo, voy a elegir el camino más difícil, aquel al que nos aferramos con confianza ciega, dejando a un lado nuestra voluntad y quedando a su impredecible amparo, una de las causas por la cual la humanidad se sigue conservando: creer en la realización de los milagros.