Hoy me levanté temprano e hice algunas compras. Las mañanas de domingo otoñales en la calle tienen algo de irreal: el sol tenue golpeando despacio, el crujido de las hojas secas cuando las pisamos, el paisaje pintado de marrones opacos como desteñidos, poco tránsito y menor muchedumbre; en conjunto hacen una puesta en escena bastante agradable. El otoño es mi estación favorita desde no hace demasiado. Cuando era chica amaba la llegada del invierno, porque eso significaba la aproximación cada vez menor a mi cumpleaños. Después, cuando el frío comenzó a resultarme duro e insoslayablemente cruel, me incliné al otoño sin pensarlo. Porque en otoño encontré –desde siempre- miles de refugios donde albergarme, como descubrirme debajo de un rayo de sol un día nublado; me acuerdo de aquel día en que estaba en las heras y pueyrredón notablemente afligida por alguna boludez que me habría pasado, y caminaba ligero y sin rumbo al igual que mis pensamientos, hasta que me encontré ahí, bajo el amparo de un rayo débil pero tan acogedor que decidí sentarme en el banco de la plaza hasta que las manos se entibiaran, y durante ese lapso todas mis preocupaciones se volvieron obsoletas y me sentí en calma; una tranquilidad que desconocía hasta ese momento se apoderó de mí como un sueño placentero, y desde ese día atesoro los otoños dentro de mis mejores recuerdos.
Pero con los domingos pasa otra cosa: los domingos son detestables, toda mi vida los aborrecí hasta el asco. Me resultan soporíferos y monótonos, insoportablemente aburridos. Las salidas de domingo me dan tanta tristeza que preferiría evitarlas. Como muchas veces no puedo, la mayoría de las veces no puedo, porque soy débil y tengo el no difícil, preparo un plan terrible y sufrido que consiste en realizar –en escoger- la peor de las salidas con el único fin de odiar más intensamente el próximo domingo, con la esperanza de acumular tanta energía negativa que me permitiera rechazar irrevocablemente la salida que sea a la semana siguiente.
Con esa estrategia malsana, hoy estuve a punto de ir a la feria del libro, la última vez que fui creo que estaba en 2º año, y si bien me despierta curiosidad, nunca es la suficiente como para amargarme el día en un cotolengo atestado de gente cuya única misión es la compulsión consumista de libros que nunca van a leer. Porque las ferias no son más que eso, un mercado algo festivo que la concurrencia celebra y consume. Y las ferias en domingo son todavía más siniestras: el domingo, día de celebración cristiana, presiento en la atmósfera una alegría de vivir que me da escalofríos.
Pero al final no fui. En vez de eso me quedé leyendo fragmentariamente y con discontinuidad, varias cosas a la vez, tal como el hipertexto nos ha enseñado, mientras esperaba a que oscurezca para que la noche me devolviera el alivio del final de un día que no va a volver. Domingo de mierda, bah.