martes, 5 de mayo de 2009
Franz Kafka
"En tales circunstancias, en algunas ocasiones uno se sorprendía de que se necesitara toda una vida para admitir que alguna vez se podía triunfar. Por cierto, había horas tristes, como las que todo el mundo conoce, en las que se creía no haber conseguido nunca nada, o bien que no se había tenido éxito más que en los procesos destinados desde siempre al triunfo, los cuales hubieran salido bien de cualquier manera aun sin nuestra participación, mientras que se habían perdido todos los demás a pesar de todos los esfuerzos, habilidades y aquellos pequeños resultados aparentes que tanto complacieran a uno. En aquellos momentos lo mejor que se podía hacer era no fiarse de nadie y en adelante, si había que responder a ciertas preguntas precisas, tampoco podríamos negar que, con la mejor intención del mundo, se habían encaminado de mala forma procesos que debieran haber salido a flote por sí solos. Había sin duda en ese sentimiento algo así como una certidumbre, pero era lo único que quedaba. Esos arranques de escepticismo, pues se trataba evidentemente de arranques que amenazaban a los abogados sobre todo cuando se les retiraba de sus manos un procesos que venían manejando desde hacía largo tiempo y que les aportaba completa satisfacción era, indudablemente, la peor cosa que podía ocurrirle a un defensor. Esa mala hora no se producía nunca por culpa de un acusado: el acusado que había elegido un abogado se encontraba obligado a conservarlo pasara lo que pasase. Por otra parte, ¿cómo era posible arreglárselas solo después de haber solicitado ayuda?"