domingo, 30 de agosto de 2009

Con cierta esperanza taciturna, que crece de manera exponencial a medida que el tiempo se desliza tan livianamente que es apenas perceptible, persigo una ilusión tan pequeña e inocente como me es posible, aunque en la mirada se vislumbre un fulgor intenso cargado de expectativas. Avanzo paulatinamente con la suerte que me acompaña, todo me parece (¡por fin!) alcanzable, de acceso fácil y gratuito, ligero: para mi tranquilidad, el camino está abierto y completamente despejado ahí hasta donde mi visión llega a ver. No tengo temores ni vacilaciones. Esa confianza de certezas que siempre busqué está en la palma de mi mano, aquella mano que ha sabido sufrir y que ha sostenido mi cabeza en los peores momentos, encuentra ahora cierta satisfacción que aún no se atreve a demostrar. Tiempo y paciencia, necesitamos ahora, el azar sin dudas está de mi lado. Tiempo y paciencia, repito hasta que veo con desasosiego como toda la calma se desmorona de una forma escandalosamente abrupta en un instante. “Tachame la doble”, digo al tiempo que el destino arrebata la esperanza de mi corazón sobresaltado.