El otro día estaba en una reunión con estudiantes de sociales –en su mayoría-. Se hablaban temas tales como universidad pública ausencia de estado privilegio de clase etc. La calidad explicativa de los argumentos –y no el contenido-, como en la antigua Grecia, determinaba el mejor discurso. “Es puro onanismo”, dije cuando me harté. Y ellos, ávidos de discusión, me exigieron una explicación que, borracha y hartada, terminé escupiendo concluyentemente sin dejar huecos.
A veces me arrepiento de ser yo. La sinceridad me desarma.