Hablaba sin distracciones. Estaba tan ensimismado en su monólogo que no advertía las señales de reprobación de su hijo, que se mordía el labio inferior y refutaba con la cabeza cada una de sus frases. Seguía hablando y yo observaba la escena con la máxima concentración posible: veía los movimientos del hijo mientras escuchaba qué decía su padre.
Ahora, apoyaba su cabeza en la mano izquierda mientras sus párpados aplastaban furiosamente los ojos, el disgusto se evidenciaba hasta en la atmósfera pesada que nos encerraba, estábamos los tres adentro de una olla a presión a la espera de la implosión inminente. Estaba fastidioso y su padre no lo percibía; seguía hablando y ya no se sabía bien de qué.
Mi posición era incómoda y crecía a la par del enojo de su hijo, nunca cruzamos miradas porque ambos sabíamos que en esto estábamos muy solos. Su padre seguía hablando como si nada pasara, yo había dejado de prestar atención a sus palabras y me sumergí en observaciones poco pertinentes: los ademanes del hijo, la auto-confianza del padre, mi capacidad ciertamente indiscreta de analizar personas mientras finjo interés en lo que dicen, y mi incapacidad paranoica justificada por la lógica inversa: no hablo con nadie para que no me analicen.
En un momento, el padre interrumpe su monólogo para preguntarme qué pensaba de aquello que había dicho -y era evidente que no lo hacía con una sana curiosidad sino más bien para integrarme elegantemente y hacer una pequeña conversación-, y le respondí bastante torpemente: -ah, no sé.
Una respuesta lacónica no era precisamente lo que él esperaba, noté cierto enardecimiento en su rostro pero por suerte prefirió seguir hablando, sin indagarme insistentemente.
Y en ese instante me di cuenta, después de haberme visto confrontada, exigida a dar una contestación más o menos ocurrente, porqué yo nunca tengo nada para decir.