Laura: -Estoy triste porque desaprobé el final.
Luchi:- Y… lo que pasa es que fuiste derrotada, y los profesores son como los perros: huelen el miedo.
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En el pasillo de la facultá, volviéndome a casa con la cabeza gacha, me encuentro con una compañera y después de haberle contado mi pena, me dice estupefacta:- pero, cómo… ¿nunca te bocharon? Y no, nunca. Y el desgaste mental y psicológico que me produjo estar frente a los profesores sin saber qué decir resultó peor que una pesadilla. Y ojalá que sea la última vez.
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Lo triste no es haber desaprobado. Lo triste es tener que volver a preparar la materia, es haber desperdiciado las tardes de enero en coa, en la biblioteca, en casa. No haberme ido de vacaciones, no preparar otros finales, no haber quemado los apuntes para que se extingan de una vez y para siempre.
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En cualquier situación de pena, o nerviosismo o tensión, lanzar una puteada colérica del tipo: lareputísimamadrequeteparióylaconchadetumadrehijodeputa es de lo más aliviador, equivalente a un día de spa y mejor rejuvenecedor que cualquier cremita anti-age. Y mucho más barato, of course.
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Esta semana, aprovechando los últimos días que quedan antes de empezar a cursar, quería hacer una lectura pesada, larga, obligatoria y demoledora, como La montaña mágica, por ejemplo, y alimentar el rastro de cinefilia que alguna vez supe cultivar; pero no, nada de eso: me voy a dedicar a la playstation y alguna otra boludez que retrase el pensamiento y la imaginación. Como dijo alguna amiga alguna vez: “la cultura me tiene podrida”.
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Los domingos son para dormir o para ver películas de Buster Keaton. Pero, tal como dije en el párrafo anterior, no voy a hacer nada que delate mi condición inexpugnable de nerd. Así que me voy a dormir hasta que se acabe el mundo, o al menos el día.
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Por último, agradecer a mi amiga leila, quien no sólo corrigió –muy amablemente- la gramática (horrible) de la monografía; sino que también me alentó para que vaya a hacer el papelón más terrible de mi vida, que dejó una secuela que nunca se va a borrar ni de mi cuerpo ni de mi mente: “andá a rendir, para mí, a un cuatro llegás.”